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domingo, 6 de noviembre de 2016

El loco que llevo dentro.

Por Juan Colón.

Los humanos somos como Jano el Dios de la mitología romana que posee dos caras. Y tenemos máscaras, el poeta libanés Khalil Gibran, en su obra el Loco, recrea la parábola de cómo se convirtió en loco, después que le robaron sus sietes mascaras.




Importa no solo lo que somos sino como los demás nos ven. A mí la gente parece verme con una sola cara. (adusto, circunspecto, ceremonioso etc.) verbigracia: En el aeropuerto de Dubái, un italiano al ver mi cara me preguntó si yo era un sacerdote. cuando cruzo por la Base Aérea de San Isidro los militares de puesto me hacen el saludo militar (Dios me libre). Una amiga psicóloga un día me dijo que tenía cara de persona que no practica eso que conduce al orgasmo (en ese momento prefería el rostro de un concupiscente) y más recientemente otra buena amiga, mientras parloteábamos de no recuerdo que idea de negocios, me inquirió que siempre pensó que yo solo sabía de escribir libros.
Así que el domingo pasado mientras me dirigía a Santiago para servir de padrino de un bautizo, decidí abrirle la puerta al loco que llevo dentro; llovía a cántaro, vi un niño en la parte trasera de un motor, le di la camisa formal, con la que me presentaría al bautizo, me quede con una rameada de esas que ahora usan los viejevos. Llegué al evento señalado, otra vez Juan Colón con su máscara reservada durante la misa, luego un breve agasajo. De regreso a Santo Domingo abrí de nuevo la puerta a mi loco más íntimo. Me detuve frente a un policía de AMET, le dije que estaba multado, me miró extrañado, me imagino supuso yo era un militar superior, le dije; solo le quito la multa si me da un abrazo, se rió de buenas ganas, me dio el abrazo, no sin esa mirada de suponerme destornillado.

Retomé el vehículo, escuchaba Nessun Dorma, de la obra TurandoT, interpretado por IL Volo (la versión de Pavarotti, siempre me emociona hasta las lágrimas) Pero de pronto cambio y pongo un merengue de Fefita La Grande, en ese momento veo caminando a una señora muy mayor, me detengo a la derecha, y con la reverencia que se debe agasajar a una princesa la invito a bailar, se ríe, obtempera, y quedó con un ataque de felicidad. Sigo mi ruta, me detengo en Piedra Blanca, compro flores y golosinas, continúo, veo la señora que vende batata, le regalo flores, y tres niños que estaban con ella le di golosinas, me dijo si podía darme un abrazo, me abrazó, yo en los huesos de felicidad, y casi entre llanto me dijo que a sus muchos años era la primera vez que le regalaban flores.

Llegado a mi casa, me miré al espejo y le di mil gracias a ese Juan Colón anormal por tan grata compañía y prometí volver a abrirle la puerta a las otras mascaras para que vayan con mi alma por esos largos bostezo de domingo.
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