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jueves, 13 de agosto de 2015

Yo y mi otro yo

Por Juan Colón
La Persistencia de la memoria de Salvado Dali

 Yo soy el disciplinado que se levanta temprano, sale a hacer ejercicios, da los buenos días al transeúnte, recibe el moho de los vehículos, suda, marcho más rápido para ir a las labores del día. El otro yo, toma su propio camino, se desplaza sin reloj, sin propósitos; por los asfódelos del silencio, pasa la mañana en el Nínive esa ciudad que tanto conoce porque nunca ha estado y se pierde en los tulipanes de los arcoíris. yo, el que entra a las largas reuniones de trabajo, el que va a la muchedumbre, mientras el otro yo, saca su niño que tiene bien guardado, el niño llega al pozo donde está la luna, la mira curioso, saca aquello pequeñín, y la mea de risa; pero vuelve al adulto, este busca las uvas, la intercambia de sus labios a otros labios hasta volverla vino, sube a la lluvia secreta de los ojos, pasa a la colina donde dos claridades suben hasta los besos, baja hasta aquello que dio origen a la vida, parece morirse o vivirse en los tenues brazos de esa mujer; la soledad.

Yo, el que vive a dieta permanente, o mejor decir de alimentación baja en calorías, verbigracia, desayuno: jugo de pepino, apio y piña, más un revoltillo con dos claras de huevos. El otro se va al campo, entra a la enramada donde sobre la mesa está la voz del rio, el recuerdo de los ojos que llenan la leche de flauta y miel y en sus manos el pan siempre caliente abre un patio a la orilla de los labios. Y hay la espuma de un ancho cielo, y es exquisito el café con mar. O se va a Cenar a Montmartre donde un aire surrealista hiende un halo, de Modigliani, Matisse, Renoir y los sueños sin calles tienen barcos, fábulas, bahías y el corazón, muchacho extraño en la alegría, se va a saltos por los océanos olvidados de la sangre.

Yo, salgo de prisa a cumplir mis labores cotidianas, el otro se detiene, cruza una amplia avenida y da sus piernas fuertes a un viejito, conversa con la niña que tiene sin rostro la sonrisa en la mochila, abre su puño y entrega siete tórtolas a la mañana adulta. Se me hace tarde le pido que regrese, él nada sabe de cosas importantes, al joven de rostro pálido le da su mano con la que limpia los cristales, lo llamo; le reclamo, cruza la calle veloz y se accidenta en el recuerdo de una mirada. Ahora mi otro yo está cojo de corazón, ¿Alguien le presta una muleta?
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