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viernes, 14 de agosto de 2015

Recordando Viaje a la poesía



De izquierda a derecha; Nidia Baltazar, Ivy Sinclar,
Juan Colón, Hugo Cuevas y Adriana Millán.
Preparé mi maleta, de esas que tienen muchos compartimientos: allí la ropa, los productos de aseo, más al fondo bien planchadito, (pasé toda una semana planchándolo, mi corazón) no quería que en aduana me lo devolvieran por travieso. También guardé  algunas expresiones de desahogo, de esas  que no se pueden decir por este medio: “carajo” diría mi abuelo, “enciérrenme si quieren,  pero no me prohíban  decir carajo”. 

Íbamos en búsqueda del perfume más caro, del río, del volcán poderoso, del temblor más sublime de Chile, íbamos  por Pablo Neruda. 

Cinco escritores latinoamericanos, sí, Latinoamérica; esa a  la que solo quieren contarle 500 años, ésa volcánica, de ancestro indígena,  la saqueada por extraños y propios que ha  puesto más de  una vez la otra mejilla porque cree en  Jesucristo, la que   recién sacó  cédula de identidad y habla español. 

Habíamos sido convocados  por un duende, solo en Latinoamérica quedan duendes…  arribé al hotel de madrugada y  cuando bajé al desayunador, mis colegas, aunque nunca nos habíamos visto  me llamaron por mi nombre. Ahí estaban Ivy Sinclair, peruana, Adriana Millán y Nidia Balcázar colombiana  y un  rato más tarde llegó el duende, Hugo Cuevas de Miami aunque oriundo de Guatemala. Hubiera querido tener un espejo cerca para ver si tenía escrito un poema en la frente… 

No conocía los miembros del grupo pero no hay que hacerle mucho caso al estado que llamamos consciente, éste miente: esos brazos que pronto fueron abrazos, esas voces, esas sonrisas, esa ternura en el trato yo  ya la conocía de las aguas  paridas de los manantiales, del murmullo de la noche cuando calla, del pan recién sacado del horno y  así, transcurrieron diez días entre amigos que siempre habían estado en nuestros sueños. 

Haciendo uso del mapa electrónico nos dirigimos a la Plaza de Armas de Santiago donde nos esperaba un guía para recorrer la parte histórica y cultural de este singular pueblo. Para orientarnos, Hugo  preguntaba a un señor  mayor si la dirección era correcta (que la tecnología nunca mate el calor humano) y éste no sólo nos indicó la ruta sino que con inusitada  amabilidad  se empeñó en llevarnos directamente, ocasión que aprovechó para contarnos  que es el último sastre que le queda a Santiago y otros recuerdos de antaño. Unos metros más allá un trabajador, de esos que hacen la limpieza,  avanzó  hacia nosotros  con los  brazos abiertos para  desearnos un  bonito día dándonos una muestra de la amabilidad de su pueblo.

La madrugada  siguiente tembló la tierra, ya están acostumbrados los chilenos a esos sacudones, con razón el poeta Nicaragüense Rubén Darío decía refiriéndose a América Latina que tiembla de huracanes  y que  vive de amor… en este  final de mundo la tierra tiembla de estupor.

Este primer  recorrido por  la tierra en que  lucharon Lautaro y Caupolicán nos puso en el estado emocional necesario para visitar al día siguiente” La Chascona”.  No se  puede entrar a la casa del bardo si uno no está preparado para emociones  telúricas así  que, introducirse en su hogar, pisar las mismas piedras que el poeta, ver los innumerables objetos de colección,  contemplar  el comedor y  la larga mesa donde hacía de capitán;  ver a Matilde Urrutia con sus encrespados y  abundantes cabellos y oculto en ellos el rostro de Neruda  en un Diego Ribera, amigo entrañable del poeta,  un Siqueiros…  solo es soportable cuando se  tiene de cómplice a esa amiga o amigo que te toma de la mano y te presta su pañuelo.

Imposible no ir al museo de la Memoria, ahí resuenan todavía   las últimas palabras del presidente  Salvador Allende; ahí están expuestos los nombres, las imágenes, los  testimonios  grabados, los  textos acusadores de las más de tres mil personas  asesinadas, víctimas del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Ahí fui testigo del llanto conmovedor de una joven  reconociendo a su abuelo asesinado y de  la imagen de Víctor Jara con cuarenta perforaciones  porque al matarlo a él sabían que estaban matando el tuétano de la luz, la canción, el pañuelo,  la más pura raíz de la alegría  del  corazón de Chile. 

De camino a Valparaíso hacia “La Sebastiana” lugar  de descanso  del poeta, se pasa frente al mercado cuyos vendedores en su mayoría  de origen indígena hablan con el acento del  folclore  de  la canción de Violeta Parra y después de cruzar alamedas y subir empinadas calles  a cuyos lados asoman las casas más surrealistas que mi memoria recuerda,  nos encontramos con  la casa del poeta   en la cima de  una colina . Desde sus ventanas que asemejan claraboyas, se divisa todo el puerto con  sus barcos… nunca he  sabido si hay más alegría en los  que llegan o  en aquellos que parten  y por eso contemplando  el ancho mar el poeta escribiría: 

El océano pacifico se salió del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana. 

Un temprano y frío día recorrimos el Valle del Colchagua con sus encantadores campos, sus viñedos, sus bodegas, saboreando sus vinos  cuya suavidad y aroma evoca la pulpa de los  sueños y los labios de la mujer amada. Nunca olvidaré el sabor de un Carmenere en una noche mágica en Patio Bellavista. 

¡Isla Negra! Esta casa es en sí misma es  un poema, el arte en su expresión más sublime. 

Ahí el mar es  el protagonista: la costa es también el patio, con sus gruesas  arenas, sus  inmensas piedras, su salado aroma  y la espuma  que se   introdujo con  sus oleajes en su Canto General ; el poeta lo abundó  aún más con sus  caracoles,  sus veleros,  sus hermosos mascarones de proa, sus mapas y la locura de sus exquisitas colecciones. 

Ahí frente al mar yace el poeta junto a su amada: 

Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedra y de olas que mis ojos perdidos, no volverán a ver. 

Junto a la tumba del poeta, emocionados, cada uno de nosotros leía un poema del Capitán… no teníamos manera de hacerle mayor homenaje. 

Y cuál no sería nuestro asombro al encontrar en un restaurante cercano donde nos detuvimos a saborear marinos frutos, a Ramón Cabrera, quien de joven fue cartero y amigo del poeta  y a quien tuve la dicha de entrevistar. 

Nuestra última noche en Santiago en el Mesón Nerudiano  , la  compartimos con el poeta, actor y declamador Luis Vera Núñez  quien me  tenía la agradable sorpresa de anunciarme a los asistentes para que leyera  el poema número 12 , espacio que aproveché para recitar las primeras estrofas de Versainograma a Santo Domingo que el poeta escribiera como un homenaje a nuestro pueblo cuyos  primeros versos dicen: 

Perdonen si les digo una locura, en esta hermosa tarde de febrero y si mi corazón se va cantando, hacia Santo Domingo compañeros.

Viaje a la poesía de Pablo Neruda que permanecerá inalterable en mi memoria grabado con cada uno de sus versos.

Fuente:
elnuevodiario.com.do

Entrevista a Don Ramón Cabrera por Juan Colón:

Pablo Neruda declamado por Juan Colón en el Mesón Nerudiano:
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