x

Informacion

martes, 14 de julio de 2015

La vida a los 50

Juan Colón

Si  fuera  dable escoger una edad en la que uno pudiera quedarse para siempre, sin vacilación escogería  ésta. Desde aquí el horizonte ya está definido, las aguas turbias ya se perciben en su profundidad y su quietud, claro, con esa caja de incógnita que siempre rodea la existencia.

Confieso que no supe cuando entré a esta edad, diría que me tomó de sorpresa, tal es la prisa que acompaña la juventud. Aun cuando soy de temperamento sosegado, la juventud, ese divino tesoro que refiere el poeta  Rubén Darío, aconseja siempre la prisa, verbigracia, recuerdo mis constantes viajes al interior en labores de mi empresa, la velocidad a que manejaba era tal, que nunca pude ver el paisaje, no me detuve a escuchar el oro que destila el murmullo de un río, ni me dejé matar del puñal de un crepúsculo, es más, tan sólo recién escuché mis suspiros después de hacer pipís detrás de un árbol;  por eso, me fascina la paradoja de los hermanos  Max... "-(...) ¿Hacia dónde vamos?, pregunta un hermano a otro-. (...). " -No lo sé"- contesta-, pero vamos a prisa, así llegaremos pronto". Claro que la  edad temprana tiene encantos irrepetibles, como aquéllos en donde competía con mis amigos  con la orina -vaya un tema éste-, colocado en un extremo de un canal a quién pudiera extender la pipí hasta el otro extremo, y era hermoso mearse de risa y satisfacción si uno ganaba, por razones obvias no digo hasta dónde extiendo ahora ese líquido.

Al  llegar a los cincuenta no morimos de susto al ver los cambios del organismo porque el espejo nos amortigua el golpe al mirarnos en él todos los días, y con estos cambios viene el monólogo inevitable: "creíamos que la vida era para siempre, y ahora sabemos que la eternidad es breve". Entonces llegan las  preguntas, qué se hicieron nuestras utopías; "¿cuántas metas hemos logrado? y, aún las  logradas; ¿dónde está el fuego que las encendía? Claro que sigo teniendo utopías, pero de otro tipo... de rostro de barro, de menos éter. Si llegara a tener 150 años, mi última utopía sería que ningún  ser humano muera de hambre y desnutrición.

Ahora he encontrado unos  colores, unos  matices, unas composiciones de la vida, antes insospechada,  y  es  dulce; es la pulpa del silencio.

-¿Qué hago yo aquí?- Pregunta Vladimir, a Estragón; personajes de ese drama maestro tratado en dos actos titulado Esperando a Godot. Ellos  están en un camino solitario esperando un misterioso personaje llamado Godot. Pero la  cita se hizo en circunstancias indefinidas, sin horario, ni lugar, no obstante  los dos esperan, su único sentido de la vida es la espera de Godot; en tanto, les ocurren las cosas más triviales, y lo más penoso es que, mientras el río discurre, jamás vuelve a ser el mismo río. "Godot quizás nunca llegue, porque es posible que Godot no exista", no encuentro metáfora más hermosa para entender la vida de muchos mortales.


En fin, sin querer parafrasear  a Roberto Benigni: "(...) "La vida es bella", un campesino de mi campo Baoba del Piñal dice, que vivir es el mejor negocio. Vivir para servir, para la solidaridad, para hacer el bien, para viajar hasta llegar al corazón de los sueños;  dejarme matar por aquello que amo, si algo  deseo en ésta etapa de la existencia es como dicen los franceses, "que me mate aquello que me hace vivir".
  • Comentar Desde Google

0 comentarios:

Publicar un comentario

Item Reviewed: La vida a los 50 Description: Rating: 5 Reviewed By: Juan Colon
Scroll to Top