x

Informacion

lunes, 18 de marzo de 2013

El poder de la mirada.

Por Juan Colón                      



El acto de ver es una facultad común en casi todos los mortales, no obstante trasciende su propio ámbito para ser cada uno de los sentidos, y más que cada uno de los sentidos. ¿Cuántas veces nuestros ojos han olfateado el clangor  de una sonrisa? Hay miradas que besan  y hacen soñar con las tórtolas de la luz. Miradas, que cual Fidias,  petrifican en el pecho sino la diosa Atenea, la súplica de una niña pidiendo pan o paz,  y esa imagen puede provocar, la misma conmoción que me produjo ver La Piedad, de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Alguien llega un día y al abrir la cortina de la retina, dos miradas se entrecruzan, sin razonamiento, sin por qué; un mar pequeño hace olas en la sangre, un sol sin prisa hace fondo donde late, entonces se entiende por qué existe el despertar. 

  

Dante Alighieri vio a Beatriz Portinari sólo una vez y la amó toda la vida. Fue su musa, se presume que no hablaron nunca, más de una docena de palabras, ella nunca supo de las pretensiones de Dante y,  sin embargo, él la amó casi hasta lo místico. En su obra Vida Nueva, compuesta de 25 sonetos, explica su delirio por ella. Finalmente en la Divina Comedia, Beatriz es el personaje encargado de guiar a Dante durante la segunda etapa de su viaje.


Tan graciosa y gentil se manifiesta

la amada mía si serena pasa

que la lengua temblando quedan mudas
y que los ojos ni a mirar se atreven.


Dante a Beatriz.

Había visto esas miradas cuya única esperanza es la desesperanza, esos rostros miserables, no los de Víctor Hugo, del París del siglo X1X, sino del Santo Domingo de pleno siglo XX1, sin espacio en la mesa, sucio de hambre, de sol sin luz, de noches sin amanecer. Pero esa mirada el más surrealista, el cuadro más Daliniano jamás lo había plasmado. La vi  una noche mientras caminaba por un pasillo del hospital Robert Reid Cabral; desde allí se ven las salas ocupadas por infantes enfermos,  de pronto, vi  esa mirada de algodón, hasta entonces no había pensado en la palabra ternura, y nunca un cuchillo me había hecho tal herida, la niña estaba sola en la sala, pero una enfermera vino a importunarme diciéndome que debía retirarme porque se trataba de una enfermedad contagiosa. Entonces escribí:

Vi un día unos ojos de niña;
ya huesos de ternura llamándome, no oí.
La voz de la mirada ánfora de blandura y piedra;
retumba grave en el oído sordo de la sangre.
No oí.
Cada día llevo dentro,  aquello sin descanso en el olvido.
La mano de la rabia a hierro golpea;
crece  sin cesar el llanto de los ojos que  no oí:
de la herida
de la rosa que no oí,
del  río, del pan, del beso;
del silencio dando gritos que no oí. 
Ay, que no escuché la voz del silencio desangrando.
La propia luz en sus ramas verdes y raíces, herida.
¡Ven, ven! -decía- como si me pidiera romper cadenas ancestrales.
No oí, no oí, no oí.
Amo tanto la vida, pero a veces;
me da asco ser hombre.

Penélope, esa mujer símbolo de la fidelidad, que inmortalizó Homero en la obra la Odisea, es la esposa del rey de Ítaca, Odiseo. Ella espera su marido durante veinte años, al cabo de los cuales regresa, con los efectos que provoca el paso de veinte años que, aunque Gardel decía que eran nada, no si se pasan en la guerra; en fin al verlo a su regreso, entre frustración y angustia,  le dijo: Tú no eres quien yo esperaba”. El escritor francés Guy de Maupassant, en el cuento Adiós, dice de la brevedad de esas líneas que matizan las curvas de una mujer en su juventud, y que las hacen bella, y son  menos duraderas que en el hombre.

Es que lo realmente bello está más allá de lo que puede verse.  Acaso hay un ser más bello que esos que luchan por la liberación de los pueblos, o esa belleza que se observa en la madre mientras da el seno a su bebé, o del rostro contraído que grita: “¡carajo!”, cuando ve una injusticia en el mundo.

La naturaleza de mi oficio me ha permitido disfrutar de lo que Octavio Paz llamó Los Privilegios de la  Vista, así la primera vez que visité la Capilla Sextina, del Vaticano, allí donde están las obras de Miguel Ángel, al ver las obras del inmortal florentino, sentí un placer más fuerte que el goce sexual; era hermoso estar ahí, alejado de mi cuerpo; ser sólo pensamiento, o no pensar, que también es una forma de pensar el mundo. Un reposo de alas, de matemática en luz, libre de tiempo, había  en ese Adán; intuí la felicidad de Miguel Ángel al crear esta obra. Todo creador es feliz, mientras crea.  AúnEdgard Munch, al crear su obra El Grito lo fue. Salí de aquella gran sala, busqué mi guía, como Dante para entrar al paraíso buscó a Beatriz, porque las grandes alegrías se disfrutan compartiéndolas, entonces volví a recorrer cada una de las obras de Miguel Ángel: nueve escenas de El Génesis en torno a cuatro jóvenes desnudas, los profetas, los Entelados de Cristo y, en el altar, El Juicio Final. Me preparé a salir, no dije una palabra, ¿Qué podían expresar las palabras?  Las lágrimas no cesaban de caer, nunca mis lágrimas habían sido más felices.

De excursión por Alemania recorrí el Rin, un recorrido donde la vista respira historia y paisaje medieval, a ambos lados del río la vista se pierde entre viñedos, castillos medievales, y pueblos que parecen salidos del pincel, de Camille Pissarro, Pero donde necesité más ojos fue en el Sena, no sólo para ver desde otra perspectiva la legendaria  Torre Eiffel, el Museo del Louvre, la Défense, la Catedral Notra Dame, de Paris, la biblioteca Francois Miterrand, sino para que mis ojos olieran el enigma de ese perfume que toda obra de arte deja como impronta allí donde se produce, es decir: las obras de Claude MonetCamile CorotEugene Boudin, por sólo señalar algunos pintores del Sena, y no recordar las escenas de  Los Miserables de Víctor Hugo. Y no hablo de la maravilla de los múltiples puentes, cuyo romanticismo recuerda los episodios de la pareja que Shakespeare inmortalizó en Verona. El año pasado en cambio me ocurrió algo diferente, cuando fui a Viena para que mis ojos oyeran tres conciertos de Wolfgang Amadeus Mozart, y Johann Strauss, ambos le costaron a Viena los dolores de maternidad; aproveché y recorrí el  Danubio, río que inspiró a Johann Strauss, uno de los tres vals más famosos del mundo. Al comenzar el recorrido iba con los ojos abiertos. Ya de regreso en cambio, los cerré para que mis retinas  no borraran la imagen que habían guardado durante largas jornadas mis sueños, de un Danubio cuyo azul liberara este grito de niña, anclado en mí sangre.
  • Comentar Desde Google

2 comentarios:

Publicar un comentario

Item Reviewed: El poder de la mirada. Description: Rating: 5 Reviewed By: Juan Colon
Scroll to Top